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El misterioso papel del corazón en el viaje al Más Allá en el Antiguo Egipto

Los papiros egipcios son una prueba irrebatible de los conocimientos del cuerpo humano que tenían los médicos egipcios. Gracias a ellos sabemos que esta civilización tenía una concepción cardiocentrista del cuerpo humano en la que el corazón era el órgano más importante. Disponía de dos términos para referirse a esta víscera: ib y haty. El primer término entrañaba un concepto más fisiológico, ya que se usaba en alusión a las funciones que realizaba, por su parte haty se utilizaba para referirse a su aspecto físico. El corazón, sede del pensamiento En el famoso «Papiro de Ebers», fechado hacia el 1.500 a.C., se atribuye al corazón funciones que ahora sabemos que le son ajenas, por ejemplo era el lugar de asiento de la inteligencia, la conciencia moral y el pensamiento. Además, en este papiro se explica la fisiológica cardiaca utilizando un lenguaje poético, se explica que a través de los latidos el corazón es capaz de «hablar» y únicamente los médicos ilustrados son capaces de oír su mensaje mediante la palpación del pulso con los dedos. Por otra parte, en aquel momento se pensaba que todos los fluidos corporales confluían en el corazón, desde la sangre a las lágrimas, pasando por la saliva, la orina, la bilis o el esperma. Estas sustancias viajaban hacia el corazón a través de unos pequeños conductos llamados met o metu, que se encontraban repartidos por todo nuestro organismo a modo de autovías. ¡Menudo trasiego de fluidos! Vida más allá de la muerte Los antiguos egipcios creían en la vida después de la muerte. Pensaban que el alma del difunto viajaba al Más Allá en espera del cuerpo, por eso que había que conservarlo en buen estado mediante un complejo proceso de momificación, durante el cual el cuerpo sin vida era vaciado y limpiado. Tan sólo el corazón permanecería en su sitio. Durante la momificación se extraía con enorme pulcritud el hígado, los pulmones, el estómago y los intestinos, que eran introducidos en los cuatro vasos canopos, en donde esperarían hasta que el difunto los necesitase nuevamente. Los vasos quedaban bajo la protección de cuatro dioses especiales, llamados «hijos de Horus». ¿Y qué pasaba con el cerebro? Simplemente era desechado ya que no cumpliría ninguna misión en el Más Allá. El peso del corazón decidía el destino final Según la tradición del Antiguo Egipto el final del viaje al más allá terminaba en un juicio en el cual el corazón era pesado en una balanza (psicostasis). En uno de los platos de la balanza se colocaba el corazón, en el otro una pluma de avestruz, símbolo de la diosa Maat. Debía ser todo un espectáculo. Si el corazón pesaba más que la pluma significaba que el muerto estaba lleno de culpas y no había actuado correctamente y, en consecuencia, debía ser devorado por Ammit, una bestia mitológica. Se trataba de una diosa con cabeza de cocodrilo, cuartos delanteros de león y cuartos traseros de hipopótamo. En caso contrario, se entendía que el difunto había realizado una vida justa y estaba preparado para renacer en el más allá. A la derecha de la balanza se encontraría Thot, el dios de la sabiduría, representado con cabeza de ibis, que certificaría el resultado del pesaje transcribiéndolo en una tablilla. El escarabajo del corazón Previamente, y para garantizar el paso por el juicio de Osiris, sobre el cuerpo de la momia se colocaba un escarabajo, llamado escarabeo o escarabajo de corazón, que solía ser tallado en piedra verde. Este escarabajo llevaba grabado el capítulo 30 del «Libro de los Muertos», y su misión era asegurar que el corazón no testificase en contra del fallecido, delatando los pecados cometidos en vida. Seguramente a estas alturas más de un lector se estará preguntando cuánto pesa realmente un corazón sano y si su peso es mayor o menor que la pluma de una avestruz. Saciaremos su curiosidad. El peso del corazón humano oscila entre 280 y 300 gramos en el caso del varón, y entre 230 y 280 gramos para la mujer. Por su parte, el peso de la pluma de avestruz no sobrepasa los 200 gramos. En otras palabras, Ammit se debía dar un opíparo festín todos los días.

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