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03 junio 2017

La historia del auténtico doctor Frankenstein, profanador de tumbas obsesionado con trasplantar el alma

Uno de los iconos del género de terror es el monstruo de Frankenstein , un personaje de ficción nacido de la pluma de Mary Shelley en una reunión legendaria con sus amigos en Villa Diodati -junto al lago Lemán (Suiza)-. Víctor Frankenstein, al que, por cierto, nunca se le menciona como médico, es un joven de la República de Ginebra apasionado por el estudio de la anatomía y la búsqueda del principio de la vida, que se traslada a la universidad germana de Ingolstadt. Es allí donde crea a su monstruo a partir de restos de seres humanos y de cadáveres de animales. Hasta aquí la novela, pero todas las historias tienen sus raíces y es muy probable que Frankenstein, el científico, no la criatura, estuviese inspirado en un personaje real, un teólogo y galeno teutón que vivió a caballo entre los siglos XVII y XVIII. El castillo de Frankenstein En lo alto de una colina, próximo a la ciudad alemana de Darmstad –en el estado de Hesse- se encuentra el castillo de Frankenstein, un vocablo germano que literalmente significa “piedra de los Francos”. La primera referencia de su construcción se remonta al siglo XIII, a partir del cual sufrirá diversos avatares que se pueden resumir en destrucción, reconstrucción y nueva destrucción. Fue en 1673 cuando en una de las dependencias de este castillo nació Johann Conrad Dippel. Era hijo de un pastor luterano y durante su juventud encaminó sus estudios hacia la teología y la filosofía. Posteriormente, sus inquietudes tornarían y se enfocarían hacia la alquimia y, como muchos otros iluminados del momento, trataría por todos los medios de convertir el plomo en oro. De forma impetuosa llegó a afirmar que poseía el secreto para engendrar vida a partir de materia exangüe, una base teórica que colisionó frontalmente con las autoridades docentes de la Universidad de Giessen, provocando su expulsión. Azul de Prusia Durante su estancia en el castillo de Frankenstein el doctor Dippel construyó un laboratorio en el cual trabajaba noche y día. Fruto de este arduo trabajo fue el descubrimiento de un aceite, elaborado a partir de animales licuados, que previamente había filtrado en tubos de hierro, y que bautizó con el nombre de “aceite empireumático” o aceite de Dippel. Según el alquimista, todo aquel que bebiera de esta pócima se convertiría en centenario. ¿Quién no estaría dispuesto a invertir una parte de su salario en este elixir? Los suculentos honorarios que obtuvo de la venta del maloliente líquido le permitieron sufragar algunos de los experimentos que llevaba a cabo en su laboratorio. Como en todo en la vida, las investigaciones de Dippel tuvieron sus luces y sus sombras, ya que a partir del aceite animal el alquimista germano consiguió elaborar un tinte de color azulado con el que se podían teñir los tejidos y que fue bautizado como “azul de Prusia”. Esta tinción, con el paso del tiempo, sería una de las más conocidas y empleadas. Fotograma de la película Frankenstein (1931), inspirada en la obra de Shelley- Archivo Trasplante de almas En torno al castillo de Frankenstein no tardó en aflorar un halo de misterio. Las malas lenguas aseveraban que Dippel, al abrigo de la seguridad que proporcionaban los muros de la fortaleza, estaba llevando macabros experimentos que habían sobrepasado los límites de la racionalidad. Se contaba que el alquimista abandonaba el castillo por la noche y, pertrechado de pico y pala, se dedicaba a profanar tumbas y robar cadáveres en los camposantos próximos. Los restos humanos eran diseccionados y servían para diferentes experimentos. Dippel ansiaba encontrar el método para transferir el alma de un cuerpo a otro. Además, se decía que trabajaba sin descanso en la consecución de un animal fabricado a base de huesos, sangre y otros restos animales. ¿Les recuerda a algo esta historia? El castillo de Frankenstein tiene actualmente otro atractivo turístico añadido y nada fútil, en sus alrededores se produce un extraño fenómeno magnético, las brújulas dejan de funcionar. Este fenómeno está relacionado directamente con ciertas formaciones de rocas magnéticas naturales. Más información: Caso resuelto: La luna de Frankenstein era real

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