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13 junio 2017

Qué provoca que una madre arriesgue la vida por sus hijos

Para muchos animales, de las aves a los mamíferos o de los peces a los reptiles, la reacción inmediata ante una inminente amenaza es la huída o la inmovilización en un intento de pasar desapercibidos. Sin embargo, cuando el peligro acecha en presencia de sus crías, su reacción es completamente diferente: buscan protegerlas. ¿Qué ocurre en el cerebro de los padres para que estén dispuestos a sacrificar su propia vida en aras de la seguridad de sus hijos? Un equipo dirigido por neurólogos del Centro Champalimaud para lo Desconocido, en Lisboa, Portugal, ha descubierto que este cambio radical en el comportamiento de los padres depende de la acción de la llamada «hormona del amor», la oxitocina, en las neuronas de la amígdala, una estructura específica del cerebro conocida por su papel crucial en el procesamiento de las reacciones emocionales. La oxitocina es responsable del apego entre las madres y sus crías, y dentro de la pareja. Sus efectos no están del todo claros, ya que es probable que esta hormona tenga muchas funciones. Sin embargo, los expertos saben que su liberación en la amígdala es capaz de inhibir esa reacción básica de autodefensa que llaman de «congelación», cuando el animal deja de moverse. No obstante, la utilidad potencial de esta inhibición no se ha dilucidado. El nuevo estudio, que se realizó en hembras de rata que habían dado a luz recientemente, resuelve este misterio al cerrar la brecha entre estos dos fenómenos. «Ponemos las dos cosas juntas», dice Marta Moita, responsable del estudio. «Hemos desarrollado un nuevo experimento que nos permite estudiar el comportamiento defensivo de la madre, ya sea en presencia o ausencia de sus crías, mientras que al mismo tiempo comprobamos si se requiere una acción de la oxitocina en la amígdala para la regulación de este comportamiento». Los experimentos consistieron en acostumbrar a una ratas madres, en ausencia de sus crías, a asociar un aroma de menta con la inminencia de una descarga eléctrica inofensiva. Después del entrenamiento, estas ratas percibían el olor como una amenaza y se quedaban inmóviles en consecuencia. Una vez que el entrenamiento había terminado, el equipo observó que, en presencia de las crías, las madres no se quedaban «congeladas» como cuando estaban solas. Por el contrario, trataban de proteger a sus pequeños atacando el tubo por donde venía el olor o acumulando trozos de material del nido para bloquear el tubo. Si los cachorros eran un poco mayores, los aseaban y los mantenían en contacto físico con ellas mismas. Sin embargo, cuando los científicos bloquearon la actividad de la oxitocina en la amígdala de las madres, estas comenzaron a quedarse quietas tan pronto como percibían la amenaza, independientemente de la edad de sus crías, olvidando, por así decirlo, sus «deberes maternos». Otro resultado que sorprendió a los científicos durante el experimento es el hecho de que las crías de más edad cuya madre, en vez de atenderlas, habían respondido a la amenaza por congelación (porque la oxitocina en la amígdala fue inhibida), no aprendieron a reconocer el olor a menta como una amenaza. Cuando estos ratoncitos fueron luego colocados solos en una caja, y expuestos al mismo olor, no se quedaron inmóviles. Por otro lado, las crías cuyas madres les tenían debidamente abrazados a ellas se paralizaron cuando se enfrentaron a la misma situación. Una feromona emitida por la madre cuidadora podría ser la causa de este tipo de aprendizaje de las crías. «Con toda probabilidad», concluye Moira, «mecanismos similares pueden estar en juego en los seres humanos».

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