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Roger Bacon, el «nigromante» que escribió la receta de la pólvora, el polvo de los rayos y truenos

Cuatrocientos años antes de que la revolución científica se impusiera en Europa, y con ella la idea de que el empirismo y la experimentación son los medios para alcanzar la verdad en la naturaleza, un monje franciscano invertía su tiempo en hacer experimentos de óptica, en idear máquinas voladoras y en pensar en barcos propulsados mecánicamente. Se trataba de Roger Bacon, un británico nacido alrededor de 1220, y que pasó a la posteridad, entre otras cosas, por ser el primero en escribir la receta de la pólvora en Europa. Con su defensa de la experimentación científica, en el siglo XIII, Bacon fue uno de los precursores del método científico, mucho antes de que aparecieran figuras de gran relevancia como Leonardo Da Vinci, Copérnico, Galileo Galilei o Kepler, ya en los siglos XV y XVI. Y, desde luego, Bacon hizo su labor mucho antes de que naciera la ciencia moderna en el siglo XVII, gracias a los esfuerzos de importantes pensadores y científicos como Pascal, Spinoza, Descartes, Locke, Hume, Kant o Newton. Bacon propuso que un conocimiento de la naturaleza basado en experimentos precisos tendría un gran valor para confirmar la fe cristiana, y pensó que eso ayudaría tanto a la Iglesia como a las universidades. «Nada se puede conocer salvo por experiencia», llegó a afirmar. Sin embargo, sus enfrentamientos con autoridades religiosas y su difusión de la alquimia árabe, le llevaron finalmente a ser acusado de brujería, a ser sometido a arresto domiciliario y, por último, a ser olvidado entre los sabios de su época, si bien se le recordó como un nigromante legendario que creó una cabeza de bronce mágica capaz de responder a cualquier pregunta. Bacon nació en una familia rica, en Inglaterra, y gracias a eso pudo estudiar matemáticas, astronomía, óptica, alquimia, música y varios idiomas en Oxford. Viajó a París a partir de 1241, donde se hizo profesor de artes. Muy influido por la filosofía aristotélica y por pensadores musulmanes como Avicena o Alhacén, a partir de 1247 volvió a Oxford y comenzó a interesarse por los experimentos. Para realizarlos, construyó sus propios instrumentos, compró libros «secretos», entrenó a ayudantes y se rodeó de sabios del momento. Óptica y máquinas voladoras Al parecer, Bacon tuvo una especie de laboratorio alquímico, en el que hizo observaciones sistemáticas con lentes y espejos para estudiar la naturaleza de la luz y del arcoiris. Así, dilucidó los principios de la reflexión, la refracción y la aberración esférica. También usó una cámara oscura, un sencillo dispositivo que permite proyectar la luz del sol sobre una superficie, para observar los eclipses. Aparte de esto, muchos de sus experimentos más famosos en realidad jamás llegaron a realizarse y no pasaron de una mera descripción. Por ejemplo, Bacon predijo que un globo de cobre fino podría flotar en el aire si se llenaba con «fuego líquido», tal como muchos objetos ligeros flotaban en el agua. También estudió la opción de diseñar máquinas voladoras que batieran sus alas. La invención de la pólvora Bacon fue la primera persona en el mundo occidental que dejó escrita una receta de la composición de la pólvora: «[...] de salitre tómense seis partes, cinco de sauce joven y cinco de azufre, de lo que se harán rayos y truenos [...]», escribió en «De secretis operibus Artis et Naturae». Además, predijo que al encerrar la pólvora en un recipiente, se conseguiría un importante poder explosivo que podría ser útil en la guerra, aunque no fue más allá en sus predicciones. Los chinos usaban bambú para los tubos de sus cohetes. Un cartucho con boquilla y uuna varilla de guía para mantener la trayectoria permitía crear un arma poderosa- ARCHIVO De hecho, hizo falta un siglo más hasta que la pólvora se comenzó a usar con fines militares en Europa. No ocurrió lo mismo en Oriente. Se considera que la pólvora fue inventada en el siglo IX por alquimistas o monjes chinos, por pura casualidad, y que se empleó para hacer fuegos artificiales, cohetes y cañones primitivos no mucho tiempo después. El conocimiento de la pólvora llegó al mundo islámico en el siglo XIII, y rápidamente llegó también a Europa. Aparte de Roger Bacon, otro monje, el alemán Berthold Schwarz, tuvo un importante papel en el uso de la pólvora con fines militares y en el desarrollo de los primeros cañones occidentales, cerca del año 1353. Enciclopedia y brujería La actividad febril de Roger Bacon y su forma de acercarse al conocimiento del mundo natural levantaron suspicacias entre algunos de los sabios de entonces, y sus enfrentamientos directos con algunos de ellos le causaron diversos problemas, especialmente dentro de su orden, la de los franciscanos. Sin embargo, el papa Clemente IV se interesó por sus ideas y le pidió que le enviara un tratado completo con sus conocimientos. Por eso, Bacon escribió en secreto el «Opus Maius», un tratado sobre las ciencias (gramática, lógica, matemática, física y filosofía), en 1267. Más adelante, prosiguió sus recopilaciones con el «Opus Minus» y el «Opus Tertium». Su propósito de adentrarse en los misterios de la naturaleza a través de los experimentos para reforzar la fe cristiana no fue a buen puerto, porque el Papa murió antes de revisar sus tratados. Entonces, Bacon cayó en desgracia, fue acusado de brujería y acabó encarcelado. Sus intentos de reforma no prosperaron, y tampoco salió adelante su proyecto de crear una gran enciclopedia. No fue hasta casi cuatro siglos después cuando el método científico acabó imponiéndose a la superstición.

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