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30 agosto 2008

El valor del elogio


El reconocimiento y la valoración pueden ser mucho más eficaces que la crítica. Aprende a utilizar el impulso de la motivación para iniciar cambios.
A menudo en las escuelas, en las familias, en las relaciones, incluso en las terapias… existe la tendencia a centrarse en lo negativo.

Los fallos de otros o de uno mismo se detectan fácilmente y se destacan por encima de lo demás. Los padres recuerdan una y otra vez a sus hijos lo que no hacen bien, la pareja nos repite lo que no le gusta de nosotros, el profesor subraya en rojo los errores cometidos… Éste es un camino, pero existe también otra posibilidad, aunque quizá menos transitada. Consiste en prestar atención a la otra cara de la realidad: las capacidades de cada persona, las cosas que funcionan, lo que nos agrada…
El elogio forma parte de este lado más amable de la realidad. Es un gesto de valoración y reconocimiento. Implica no sólo colocarse las lentes que permiten descubrir los aspectos positivos, sino también saber transmitir y poner en palabras las perlas halladas.
Sin embargo, el elogio a menudo se utiliza como una medalla devaluada. Muchas personas defienden que es mejor no creerse los elogios, prefieren desmentirlos o rebajarlos con modestia cuando los reciben. Otras opinan que se avanza más observando y recalcando lo que falla, pues sólo así es posible mejorarlo. Ciertamente, de los errores se puede aprender mucho. Pero, ¿no será posible aprender también reforzando y apreciando lo que sí funciona, lo que sí nos gusta, lo que sí se ha conseguido?
Un elogio puede ser toda una inyección de confianza y motivación. Mediante él se ofrece a alguien una imagen más positiva de sí mismo que quizás no era capaz de percibir. Para ello, tanto es importante que quien da esa medalla lo haga con sinceridad, como quien la recibe se crea merecedora de ella y le otorgue valor.


¿A QUÉ PRESTAMOS ATENCIÓN?

En la consulta de un psicólogo una mujer expresó entre sollozos que se sentía incapaz de decidir por sí misma incluso en pequeñas cuestiones, y cómo eso la hacía sentir terriblemente incompetente. El terapeuta dejó que la mujer hablara hasta que finalmente se secó las lágrimas y le miró esperando una respuesta. Entonces le dijo: «¿No es cierto que usted misma me llamó para pedir hora?» a lo que la mujer un poco desconcertada, contestó: «Sí». «¿Y no es cierto que le propuse dos horas distintas y usted pudo elegir?» La mujer contestó de nuevo: «Sí». Entonces concluyó: «Me ha querido convencer de que es incapaz de tomar decisiones. Sin embargo, tengo dos pruebas que me demuestran lo contrario. No sólo ha sido capaz de tomar la decisión de acudir a una terapia, cosa que requiere ciertamente un gran atrevimiento, sino que además ha decidido qué hora le convenía mejor. De aquí a la próxima sesión va a estar especialmente atenta para detectar otras pruebas que desmientan su hipótesis de incapacidad. Si en tan poco tiempo yo he podido detectar dos estoy seguro de que usted descubrirá muchas más».
En ocasiones estamos tan pendientes de lo que falla que no somos capaces de percibir cuándo las cosas funcionan. Creamos de esta manera historias sobre nosotros mismos o sobre los demás cada vez más reafirmadas en la incapacidad, en la imposibilidad… pues sólo se presta atención a los momentos en que surge la dificultad.

El elogio, en cambio, conlleva un giro de perspectiva. Se trata de centrarse en las soluciones en lugar de los problemas, de ver competencias en lugar de fallos, aptitudes en lugar de defectos.
Si nos decantamos por observar lo que nos molesta, siempre encontraremos pruebas que apoyen esa visión. Cuando, por ejemplo, no se tiene muy buen concepto de otra persona lo más fácil es fijarse especialmente en sus defectos.

Ante una situación de este tipo, no obstante, lo más enriquecedor es atender a lo que nos atrae de esa persona. Las dos realidades siempre están ahí y uno decide a cuál prefiere hacerle más caso. Generalmente aquello a lo que se dedica más atención es lo que tiende a amplificarse.


Cristina Llagostera